SínDroMe

Estoy experimentando el síndrome del folio en blanco. Uno de tantos síndromes de esos que no gustan, pero a los que algunos estamos muy acostumbrados.

Me siento y pienso que tengo que poner algo en mi blog. Es una obligación. Deja de apetecerme. Ahora pienso en qué me apetece. Escribir. Decido que sería conveniente que lo hiciera para el blog. Se cierra el círculo, se obra el engaño…

Y entonces es cuando experimento el síndrome del folio en blanco. No es grave, lo tengo controlado, basta con pensar en él para hilarlo con otros temas. Cruzan mi cabeza otros síndromes. Mi preferido es el de la felicidad aplazada, al menos desde hace unos días. Es tan irritante saber que está ahí, saber que está mal y saber que no lo vas a cambiar, que sólo tienes dos opciones: o te odias, o le coges cariño. Y odiar da tanta pereza…

Últimamente la felicidad aplazada viaja conmigo donde quiera que voy. Muchas veces parece que no vamos a caber los dos en el metro, pero cabemos. Hoy, mientras pensaba que sería muy funcional [aunque poco elegante] venir a trabajar en bici, me olvidé de que sería complicado llevar mis síndromes de paquete. Al final pesan.

Pero en realidad todo está bien. Pierdo las horas con cosas que a ratos me interesan muy poco, pero a ratos me apasionan. La felicidad aplazada te muestra senderos que el “aquí y ahora” oculta. Vías que nunca pensarías en tomar si jugaras a coger lo que quieres tener. Yin Yan.
Además, ya se encargan otros síndromes de impedir que me líe con jueguecitos.

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